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Cultura

El títere como resistencia cultural: El legado de Eli Guzmán en el rescate del patrimonio inmaterial

A poco de que comience el mes de la chilenidad y de cara a las celebraciones del Día Nacional del Títere, Diario Usach conversó con la directora de la Escuela de Títeres de Lo Espejo e integrante de la histórica compañía Candelilla. La artista entregó su mirada a un oficio que entrelaza el patrimonio inmaterial, la itinerancia y la autogestión comunitaria.

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  • Claudio Cortés Carvajal

  • Martes 18 de agosto de 2026 - 13:17

Según la Real Academia Española (RAE), una de las acepciones de la palabra oficio es la “habilidad y destreza logradas por la práctica de una actividad”. Una definición que se ajusta a la historia de Elizabeth Ofelia Guzmán Flores (1962), quien prácticamente nació entre títeres. Es hija de Luisa “Luchita” Flores y Sergio “Tito” Guzmán, fundadores en 1958 del Teatro de Títeres Candelilla, compañía que sigue vigente hasta el día de hoy. 

Desde niña, Eli recorrió junto a sus padres distintos rincones del país, aprendiendo un oficio que no estaba escrito en manuales ni se enseñaba en salas de clases. “Mi madre y mi padre dicen que yo nací en la maleta”, contó al periodista Álvaro Álvarez en una entrevista. La frase resume una vida estrechamente ligada a los títeres y a una tradición familiar que comenzó antes de su nacimiento.

EL ESCENARIO FUE SU ESCUELA

Eli Guzmán es una de los ocho hijos del matrimonio Guzmán Flores. Secretaria bilingüe de profesión, su verdadera escuela estuvo desde pequeña detrás de los escenarios. Viajó en trenes y buses junto a la compañía familiar, ayudó a montar y desmontar teatros, aprendió a coser, manipular muñecos y resolver los imprevistos propios de una función itinerante.

A los 13 años tuvo su debut profesional. Desde entonces, el oficio la ha llevado a recorrer distintos lugares del mundo. Han pasado varias décadas y las anécdotas se han acumulado.  

Una de las experiencias más extrañas de su trayectoria ocurrió durante un festival de títeres en Guatemala. Tras viajar en lancha hasta una comunidad de pueblos originarios, debió presentar “Kuiyen, sueño mapuche” -una de sus obras unipersonales más reconocidas- sin electricidad, amplificación ni música. Pese a las dificultades decidió dar la función; mientras proyectaba la voz y cantaba las partes musicales, familias completas se acercaban a presenciar el espectáculo. Cerca del final, un vendedor de helados irrumpió haciendo sonar su campana y captó la atención del público.  

“¡Imagínate! (ríe) Hacía sonar la campana y gritaba ¡helado, helado! y la mitad del público salió a comprar. Pero los que estaban adelante, los que no se fueron, estaban súper interesados en la función”, recordó la artista a Diario Usach como ejemplo de la capacidad de adaptación que exige el carácter itinerante del oficio y uno de los momentos más particulares de su carrera.

ESCUELA DE TÍTERES DE LO ESPEJO

Con los años, la titiritera comprendió que el valor de los muñecos trascendía el escenario. A través de talleres y experiencias comunitarias comprobó su potencial educativo y social, incluso en procesos de reinserción y rehabilitación. “La gente se olvida de que hay alguien haciendo la voz. Se involucra directamente con el muñeco, y eso genera una conexión increíble”, explicó.

Una parte importante de esa labor se desarrolla actualmente en la Escuela de Títeres de Lo Espejo, iniciativa comunitaria nacida en 1998 y sostenida gracias al voluntariado y al apoyo de sus vecinos. El espacio ofrece talleres gratuitos y organiza un festival, que este año se realizará este 25 de agosto, con Colombia como país invitado.

En estos espacios educativos se llevan a cabo talleres de confección de títeres de mano, donde se utiliza el papel maché, una técnica que Eli valora por su sencillez y bajo costo, ya que para su fabricación se utiliza papel higiénico, agua y metylan (un adhesivo para papel mural). Una vez modelada la figura, se aplica pasta muro para corregir imperfecciones y alisar la superficie. Finalmente, para el color, se privilegia la témpera por ser menos tóxica, aunque también se puede usar pintura acrílica. “Es barato y fácil de adquirir”, acotó Eli.

Esta técnica artesanal tradicional es versátil, lo que le ha permitido enseñar a personas de distintas edades y acercar la creación de títeres a comunidades que no cuentan con materiales especializados.

CULTURA POPULAR DE CHILE

De ese trabajo formativo también surgió el Museo Itinerante de Títeres, que reúne más de 450 piezas confeccionadas en los propios talleres. A diferencia de una exhibición tradicional, aquí los muñecos no están destinados únicamente a ser observados: el público puede tocarlos, manipularlos y jugar con ellos. “Fuimos a Córdoba, Argentina, con el museo y no podían creer que niños pequeños aprendieran a hacer sus propios títeres”, recordó.

Esa trayectoria, en la que confluyen creación, enseñanza, trabajo comunitario y preservación del oficio, fue reconocida en 2025 con su nombramiento como Miembro de Honor de la Unión Internacional de la Marioneta (UNIMA) Chile. Una distinción que reconoce su aporte al teatro tradicional de títeres y, al mismo tiempo, la continuidad de un legado familiar que Eli busca transmitir a nuevas generaciones.

Para Eli Guzmán, el Teatro Tradicional de Títeres -inscrito en el Registro de Patrimonio Cultural Inmaterial en Chile desde 2018-, es una simbiosis entre el creador y el objeto. Una disciplina donde convergen dramaturgia, interpretación, diseño, artesanía e itinerancia, y cuyo conocimiento ha sido transmitido históricamente de una generación a otra.

Esta tradición, sostiene, “refleja la cultura popular de Chile, es una base de nuestra identidad, ya que hay una diversidad de obras que muestran otros oficios, otras profesiones y lugares. Te abre la posibilidad de viajar estando presente en una función de títeres”.

Además, antes de ser asociado al público infantil, los títeres itinerantes también se dirigían a los adultos. En pequeños escenarios aparecían personajes capaces de burlarse de las autoridades, cuestionar decisiones políticas o denunciar los abusos sufridos por campesinos, mineros y trabajadores

El títere era el contestatario. Era el que decía: ‘No, esta política no sirve’, y se reía del presidente o de la autoridad que estuviera en esa época, por lo tanto eran experiencias reconocibles”, comentó.

EL RECONOCIMIENTO DE UN OFICIO

El legado de sus padres tuvo uno de sus principales reconocimientos en 2016, cuando Tito Guzmán fue distinguido como "Tesoro Humano Vivo" por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Un reconocimiento que puso en valor un oficio cultivado y transmitido durante décadas por generaciones de titiriteros y titiriteras.

Pero la distinción trascendió su historia familiar. Al recibir el reconocimiento, recuerda que su padre pronunció una frase que sintetizaba la manera en que él entendía su trayectoria: “Este premio no es para mí, es para cada titiritero y titiritera del país”.

Años después, esa búsqueda de reconocimiento sumó otro hito con la oficialización del 25 de agosto como Día Nacional del Títere y la Marioneta, fecha que busca poner en valor a quienes mantienen vigente esta tradición a lo largo del territorio.

Fecha que coincide con el inicio de la 26° Festival Internacional Candelilla trae los Títeres, que se extenderá hasta el 28 del mismo mes. Serán cuatro jornadas dedicadas al oficio, con presentaciones de compañías profesionales y agrupaciones emergentes.

Para la maestra Eli, abrir espacios a quienes recién comienzan es uno de los principales objetivos del encuentro. “Es súper importante dar esa posibilidad a los jóvenes y a las nuevas compañías, porque no hay muchos espacios. ¿Cómo vas a aprender si no tienes la posibilidad de empezar?”, señaló. Por ello, el festival busca combinar la trayectoria de cultores experimentados con el trabajo de nuevas generaciones de titiriteros.

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