Hay hitos que, aunque no cambien una ley de un día para otro, logran mover algo más profundo: la conversación pública. El 13 de mayo, en el primer Día de la Educación Sexual Integral en Chile, ocurrió precisamente eso. Variadas actividades articuladas desde distintos territorios, se multiplicaron a lo largo del país y dejaron en evidencia una realidad incómoda: Chile sigue llegando tarde a una discusión que gran parte de Latinoamérica y del mundo ya asumió como una responsabilidad del Estado.
Porque, aunque parezca increíble, Chile todavía no cuenta con una ley ni con una política pública clara de Educación Sexual Integral (ESI). Existen normas que llaman a los establecimientos a contar con programas, pero no hay lineamientos nacionales robustos, contenidos curriculares definidos ni herramientas concretas que aseguren una implementación efectiva y equitativa. En la práctica, la educación sexual en Chile depende demasiado de la suerte y la buena voluntad.
Depende de si una escuela considera importante hablar del tema. Depende de la disposición de un sostenedor o sostenedora. Depende del entusiasmo de ciertos docentes que, muchas veces sin apoyo ni formación suficiente, intentan abrir conversaciones fundamentales con sus estudiantes. Depende, incluso, del miedo o del clima político local. Y cuando un derecho depende de voluntades individuales, deja de ser realmente un derecho.
Durante el siglo XXI ha habido distintos intentos por avanzar hacia una legislación integral. Organizaciones feministas, comunidades educativas, profesionales de la salud y agrupaciones estudiantiles han impulsado propuestas que buscan garantizar que niños, niñas y adolescentes reciban una educación sexual basada en derechos, evidencia científica y convivencia democrática. Entre ellas, organizaciones como REDOFEM han participado activamente en la construcción de estos debates. Sin embargo, ninguno de estos esfuerzos ha alcanzado aún una magnitud territorial comparable con la experiencia de las JOCAS en los años noventa, una política que, con todas sus limitaciones y resistencias, logró entrar verdaderamente a las escuelas y abrir discusiones que hasta entonces eran impensables.
La ausencia de una política nacional no es neutra. Tiene consecuencias concretas. Se traduce en adolescentes que crecen sin información clara sobre consentimiento, vínculos, prevención de violencia, salud sexual y reproductiva, diversidad o autocuidado. Se traduce en comunidades educativas que enfrentan situaciones complejas sin herramientas suficientes. Y también se traduce en desigualdad: mientras algunos establecimientos avanzan con proyectos integrales y actualizados, otros siguen atrapados en modelos centrados exclusivamente en el riesgo, el miedo o el silencio.
La Educación Sexual Integral no es adoctrinamiento, como ciertos sectores insisten en caricaturizar. Es una herramienta educativa y de protección. Es hablar de afectividad, de respeto, de límites, de convivencia y de derechos. Es entregar herramientas para que niños, niñas y adolescentes puedan comprender su cuerpo, relacionarse de manera sana con otros y reconocer situaciones de abuso o violencia. Negarse a eso no protege a las infancias; las deja más solas.
Por eso, lo ocurrido este miércoles tiene un valor político y cultural importante. No solo porque hubo actividades en distintos puntos de Chile, sino porque vuelve a instalar una pregunta urgente: ¿por qué seguimos dejando algo tan fundamental al criterio de cada establecimiento? ¿Por qué el acceso a una educación sexual digna sigue dependiendo de la fortuna, del proyecto educativo o de la buena voluntad de algunas personas?
Un país que pretende tomarse en serio el bienestar y los derechos de niños, niñas y adolescentes no puede seguir funcionando desde la improvisación. La ESI no puede seguir siendo un privilegio para algunos sectores educativos más avanzados o más protegidos. Tiene que convertirse en una garantía universal.
Quizás ese sea el principal sentido de este primer Día de la Educación Sexual Integral: recordar que Chile necesita una política nacional clara, transversal y permanente, capaz de llegar efectivamente a todas las escuelas del país. Por eso, esta no será la primera ni la última vez que conmemoramos este día, que esperamos siga prevaleciendo en la historia con la fuerza y la esperanza de quienes lo impulsan. Se lo debemos a mucha gente. Porque educar también es cuidar. Y cuidar no puede depender únicamente de la voluntad.
