Como en la épica de 300, en que un pequeño ejército enfrenta a unas fuerzas invencibles, las carreras de pedagogía de nuestro país viven en estos días su propia batalla. No son lanzas, flechas y escudos, sino más bien unos requisitos de ingreso de alto puntaje, escasez de profesorado en liceos y escuelas, deserción temprana y condiciones laborales complejas, violencia escolar y revisión de la calidad en la formación de nuestros futuros profesores. ¿Podrán unos pocos resistir y transformar un sistema que en muchos aspectos les juega en contra?
En el primer punto, los bajos ingresos a las carreras de pedagogía son preocupantes. Algo está pasando con los intereses de nuestros jóvenes. ¿De dónde vamos a sacar profesores y profesoras para nuestros niños y niñas? Se ha puesto a pensar amable lectora y amable lector en la cantidad de estudiantes que ingresan a estudiar pedagogía en las zonas extremas como Magallanes y Arica y Parinacota.
¿Será la clave subir los puntajes de ingreso a las pedagogías? Si están ingresando en promedio 10 estudiantes en las zonas extremas, podríamos llegar a tener 5 con la mayor de las suertes si ponemos requisitos más altos. Esto podría desencadenar en el cierre de programas de pedagogía con larga trayectoria como comienza a suceder.
En las carreras de la zona central hay una amplia variedad de opciones solamente que lograr que terminen las carreras es otro tema. Esto inicia la discusión respecto del segundo punto. Hay pocos profesores.
La demanda de los colegios es tan alta que se contrata a los profesores en formación una vez que han finalizado las asignaturas, incluso antes. Pero no han terminado su debido proceso de titulación.
Esto hace que las carreras enfrenten un problema importante ya que la CNA revisa el requisito de la titulación oportuna. Sin embargo, las carreras no han revisado que la responsabilidad de titularse es olvidada por aquellos jóvenes que consiguen rápidamente un trabajo y ven innecesario en ese instante tener el título.
¿Cómo custodiar que los estudiantes culminen exitosamente sus procesos? Quizás podría ser una opción permitirles diversas formas de titulación. Podrían realizar investigaciones breves en temas relacionados con sus intereses de enseñanza o problemáticas visualizadas en sus prácticas o pequeñas implementaciones durante sus prácticas finales de modo de articular su proceso de finalización de estudios antes de que emigren a realizar las labores para las que estudiaron. Después de todo, lo más deseable es que ejerzan y permanezcan allí.
Respecto de realizar investigación, en países donde hay un desarrollo tecnológico importante, la mayoría investiga para ser mejores cada día y lograr una mejor calidad de vida. Y por supuesto que investigan los futuros profesores para aprender a buscar soluciones para su aula escolar. Sobre todo, en matemática que es el lugar frecuente de mayores problemas de rechazo, miedos, dificultades. Si no, después solo intentan emular lo que hacen otras naciones, haciendo un copy-paste sin mucho tiempo para sincretismos de lo que funcionó en culturas diferentes a la nuestra.
En tercer lugar, está la problemática relacionada con el “no era lo que imaginaba”. Antaño la figura del profesor, respetado, querido y algunas veces homenajeado se miraba con aprecio.
Las jóvenes profesoras y los jóvenes profesores se encuentran con panoramas diferentes. “Está cada vez más complejo”, “Ya no es lo mismo”. “ganaría más de Uber”. El esfuerzo que hay que depositar en estar el día completo en el establecimiento, preparar y revisar evaluaciones, supervisar la vida escolar de cada estudiante como profesor y profesora jefe, significa sin duda una notable cuota de compromiso con la institución.
Sin embargo, no siempre es suficiente el sueldo. Se necesita que las instituciones no quieran prescindir de los servicios de los profesionales de la educación por “motivos de la empresa” a final de año. O, por otro lado, que las familias no consideren que la educación es un bien de consumo y traten al profesorado como parte de la empresa y a los hijos como clientes. El típico: “para eso estoy pagando” que le sale al padre de familia debe ser parte de la discusión.
Llegando al cuarto punto, el nivel de violencia escolar parece ya una microcultura del más fuerte. El bullying al diferente es motivo de alarma. La institución tiene que ser consciente que no es competencia única del profesor poner atajo a este fenómeno que aumenta en vivo y por redes sociales.
Son las familias quienes deben hacer conciencia familiar de que el matonaje no es la vía y que luego esto se manifiesta en los ambientes laborales. Al diferente, al que brilla, al que le va bien, por supuesto que unos pocos deciden que hay que humillarlo, hundirlo, joderlo y aislarlo. Esa es la manera en la que se convive en algunos espacios y con cómplices pasivos. Quienes lo sustentan desde su “no me di cuenta”, “no estuve informado” hacen que el resultado pueda llegar a ser muy lamentable. Incluso fatal.
En la escuela es un secreto a voces que hay bullies y al que es objeto de tal violencia no siempre recibe los apoyos. Esta violencia le toca enfrentarla en conjunto a la comunidad escolar, pero, aunque el profesor o profesora jefe haga su mejor esfuerzo con el equipo educativo, son las familias quienes no educan a sus hijos a ser mejores personas. ¿Qué incentivo hay para continuar adelante para esos profesores? Ir a la batalla todos los días. Estar en estado de alerta permanente, sufrir estrés crónico, enfermar y consumirse. No. Muchos han optado por retirarse del sistema. Porque en el peor de los casos, algunos son golpeados hasta quedar hospitalizados, algunas son amenazadas de muerte y llegan a suicidarse.
En el quinto punto y muy preocupante, ¿quiénes son los formadores de formadores?, ¿son los mejores?
En las universidades se intenta hacer que en el equipo de formadores participen los mejores formados y de las formaciones con enfoques más diversos para provocar intercambio de ideas, dejar fluir concepciones innovadoras, entre otros aspectos necesarios en la academia. Lo que, sin duda, podría contribuir a una acreditación de excelencia como lo pide actualmente la CNA. Ojalá la máxima acreditación.
No obstante, lo anterior, esta situación ideal no siempre puede darse. Por falta de recursos humanos no se puede exigir. Pero si los hay no parece razonable desperdiciar los talentos que podrían lograr unas mejores condiciones de formación para aquellos que formarán a las futuras generaciones. Sus hijos, sus nietos. El futuro de Chile.
Hablando en serio, pongamos de una vez como pieza clave del engranaje de los profesionales del país a los profesores. Es vital que los profesores formados con unas condiciones de ingreso razonables (puntajes), y con unas garantías de formación acordes al siglo XXI.
Si van a ser profesores de matemática, no se puede permitir que sepan poca matemática. Deben ser formados por los mejores y más prestigiosos matemáticos. Como deben saber didáctica de la matemática, que sean formados por los mejores especialistas formados en didáctica con diferentes enfoques teóricos. Como ya es imprescindible saber informático, que sean formados por los mejores y más reconocidos especialistas en el área de informática.
Ya no se puede pensar en pequeño insistiendo en que aquellos que formen a los profesores deben tener una sensibilidad especial a la pedagogía como atributo único para formar profesores. ¿Qué hemos conseguido? No podemos permitirnos más inbreeding académico como método para resolver un sistema de ecuaciones que nos arroje soluciones falsas. Hay que ser cuidadosos escogiendo quiénes formen a los que van a enseñar a nuestras futuras generaciones. Para obtener lo mejor, hay que formar con calidad. Y eso es independiente del puntaje de entrada.
En esta batalla por la formación del profesorado, los 300 no necesitan más obstáculos, sino mejores armas: requisitos de ingreso razonables, formación de excelencia, condiciones laborales dignas, respaldo institucional y una sociedad que los valore. Solo así podremos avanzar, no como héroes solitarios con una segunda pega para llegar a fin de mes, sino como una fuerza capaz de cambiar el rumbo de nuestras aulas y de nuestro país.
Ganar esta guerra no es tarea de unas facultades de que imparten pedagogías, es una responsabilidad compartida que definirá el futuro de nuestra nación. No gritaremos, ¡esto es Esparta!, gritaremos: ¡Esto es Pedagogía!