En una época donde las pantallas ocupan gran parte del tiempo libre infantil y las jornadas familiares parecen cada vez más aceleradas, el juego comienza a desaparecer silenciosamente de la rutina de miles de niños y niñas en Chile. Lo que para muchos adultos puede parecer solo entretención, para especialistas en infancia representa una herramienta esencial para el desarrollo emocional, social y cognitivo.
Aunque especialistas insisten en que jugar es una necesidad fundamental de la infancia, las cifras muestran una realidad preocupante: según estudios de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Universidad Adventista de Chile y observatorios internacionales de niñez, los niños y niñas en Chile llegan a los siete años acumulando cerca de 8.760 horas de juego, muy lejos de las 15 mil horas recomendadas por expertos en primera infancia. La diferencia equivale a casi seis mil horas menos de exploración, imaginación y aprendizaje.
“Hay alrededor de seis mil horas de juego, de exploración, de imaginación, de risas y de aprendizaje que simplemente no están”, advierte Carla Bustos Peña, educadora de párvulos y coordinadora de Currículum y Evaluación de Fundación Integra.
Para la especialista, el problema no solo está en la falta de tiempo, sino también en cómo los adultos entienden el juego. “Muchos entienden el juego como una recompensa: ‘puedes jugar después de terminar tu comida’. Sin embargo, hay que aclarar que el juego no es un premio que se entrega después de un aprendizaje, el juego es el aprendizaje”, sostiene.
Según los especialistas, desde los primeros meses de vida, los niños y niñas aprenden jugando. Un bebé que responde a estímulos, vocaliza o ríe cuando alguien imita sus sonidos está construyendo comunicación y vínculo afectivo. Más adelante, cuando imitan a los adultos, inventan historias o crean mundos imaginarios, también desarrollan habilidades cognitivas, emocionales y sociales.
Para María Paz Gómez, académica de la Escuela de Psicología de la Universidad de Santiago, el juego no debería ser un tema secundario en la conversación sobre infancia. “El juego nunca debiese estar fuera de las conversaciones sobre infancia, así como tampoco de los distintos espacios formativos y cotidianos donde participan niñas y niños”, señala.
La psicóloga sostiene que el escenario actual vuelve aún más urgente recuperar espacios de juego libre. “En una sociedad altamente acelerada, el juego libre ha ido perdiendo espacio, tiempo y legitimidad, pese a que constituye una necesidad fundamental del desarrollo humano en la infancia”, explica.

COMPATIBILIZAR TIEMPOS Y ESPACIOS
Las razones detrás del déficit de juego son múltiples y conocidas, entre ellas cuentan las extensas jornadas laborales de madres y padres, poco tiempo compartido en familia, falta de áreas verdes y espacios públicos seguros, además del creciente protagonismo de las pantallas en la vida cotidiana.
“Las pantallas están presentes y llegaron para quedarse. El problema no es su existencia en sí misma, sino el espacio que muchas veces terminan ocupando en desmedro de otras experiencias fundamentales para la infancia”, plantea Gómez.
La académica agrega que el exceso de dispositivos puede desplazar momentos esenciales para el desarrollo infantil. “Las pantallas pueden desplazar tiempos de interacción, de movimiento, de exploración y también de creatividad. Incluso de aburrirse, y por ende de tener que inventar juegos”, afirma.
Desde Fundación Integra coinciden en que esta disminución de experiencias lúdicas impacta directamente en el bienestar infantil. Menos juego implica menos oportunidades para desarrollar habilidades sociales, explorar el movimiento corporal o aprender a reconocer y gestionar emociones.
Por eso, la institución ha impulsado metodologías enfocadas en el juego libre y el aprendizaje al aire libre, promoviendo espacios donde niños y niñas puedan crear, experimentar, equivocarse y volver a intentarlo.
“Queremos que jueguen y disfruten desde que ingresan al jardín infantil hasta que retornan a su hogar”, explica Bustos.
VOLVER A LO SIMPLE
En medio de una infancia cada vez más mediada por pantallas y rutinas estructuradas, especialistas coinciden en que recuperar los juegos análogos y el tiempo compartido no requiere grandes recursos.
Conversar durante una comida, inventar historias, correr, cantar o jugar juegos de mesa pueden transformarse en experiencias significativas tanto para niños como para adultos.
“Muchas veces no se requieren grandes recursos ni panoramas complejos; el juego puede surgir en espacios simples cuando existe tiempo compartido y disponibilidad afectiva”, sostiene María Paz Gómez.
La psicóloga agrega que jugar también permite a los adultos reconectarse con lo lúdico y fortalecer vínculos con sus hijos e hijas.
En la misma línea, Bustos recalca que el hogar es el primer espacio de aprendizaje y juego. “Jugar en familia es un acto de amor y crianza respetuosa”, afirma.
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