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La ciudad que no las reconoce: Solo un 15% de las calles tiene nombre de mujer

Estudio evidencia la profunda desigualdad en el reconocimiento simbólico del espacio público, donde las mujeres están subrepresentadas en la cartografía urbana: por cada calle con nombre de mujer, hay más de cinco con nombre de hombre.

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  • Diario Usach

  • Miércoles 4 de marzo de 2026 - 14:51

Cada 8 de marzo, miles de mujeres recorren las calles del país para conmemorar el Día Internacional de la Mujer. Avanzan por avenidas que llevan nombres de próceres, militares, políticos y figuras masculinas. Marchan por una ciudad que sigue escribiendo en sus muros y señaléticas una memoria mayoritariamente masculina. Porque, según los especialistas, también en el acto de nombrar las calles se juega una forma silenciosa de reconocimiento.

Es en este contexto que el estudio exploratorio del Centro de Estudios de Ciudad y Territorio del Ministerio de Vivienda y Urbanismo (Minvu), publicado en 2023, vuelve a tensionar el mapa urbano con cifras alarmantes. De 99.344 calles analizadas en 99 comunas del país solo un 36% lleva nombre de personas. Y de ese total, apenas un 15% corresponde a mujeres. En términos globales, solo el 5,3% de las calles en esas ciudades tiene nombre femenino, pese a que el 50,9% de la población urbana es mujer. En resumen, por cada calle con nombre de mujer, hay más de cinco con nombre de hombre.

“El nombre de las calles constituye una de las formas más persistentes y también naturalizadas de construcción de memoria colectiva en la ciudad, porque no se trata simplemente de una convención administrativa para orientarnos en el espacio, la toponimia urbana funciona como un dispositivo simbólico de reconocimiento histórico, una cartografía de aquello que una comunidad decide recordar, homenajear y transmitir como parte de su identidad”, afirma a Diario Usach Cristina Moyano, historiadora y decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago de Chile (Usach).

En esa cartografía, las mujeres aparecen poco y, cuando lo hacen, bajo ciertas categorías. El 42% de las calles dedicadas a mujeres corresponde a nombres y apellidos; el 30% a figuras religiosas o santas; el 17% son nombres de pila; un 5% corresponde a mujeres indígenas y otro 5% a mujeres identificadas por su oficio, profesión o vinculadas a la mitología o la antigüedad.

“Al repetir diariamente los nombres de las calles, las ciudades producen una pedagogía silenciosa de la historia, enseñan quién merece ser recordado”, sostiene Moyano. Y agrega: “El hecho de que más del 50% de la población urbana sea femenina, pero sólo el 5,3% de las calles lleven nombre de mujer, no es un dato solamente estadístico, es la evidencia de una asimetría profunda en la producción simbólica de la memoria urbana”.

El estudio también revela cómo se distribuye ese reconocimiento. Gabriela Mistral es la mujer con mayor cantidad de calles dedicadas en el país: 108. Sin embargo, es Santa Rosa quien acumula mayor extensión territorial, con 91,7 kilómetros sumando todas las vías que llevan su nombre.

Para la historiadora, ambos casos ilustran tensiones distintas. “Gabriela Mistral opera como una figura compensatoria del canon, una mujer extraordinaria que permite integrar simbólicamente lo femenino en el relato nacional, sin alterar estructuralmente la lógica masculina del espacio público”, explica.

En cambio, la alta presencia de santas confirma un patrón histórico: “El reconocimiento femenino se ha producido principalmente en el ámbito de lo moral o lo espiritual y no en el político, científico o intelectual. Las mujeres son recordadas como figuras de virtud, pero raramente como actoras políticas o productoras de conocimiento”.

 

Desde la vereda de la arquitectura y las políticas territoriales, Américo Ibarra, académico de la Facultad de Arquitectura y Ambiente Construido de la Universidad de Santiago e investigador del Centro de Políticas Públicas del Territorio, observa que los nombres de calles responden a dimensiones identitarias de cada localidad.

“Las denominaciones de calles o avenidas responden más bien a conceptos y dimensiones identitarias propias de cada espacio público, o a condiciones, fechas o personas que resultan relevantes por su contribución al país, región o comuna, y no necesariamente ello responde a sesgos de género”, señala.

Sin embargo, reconoce que la brecha de género revela una limitación en la representación simbólica de la comunidad. “Las ciudades transmiten narrativas históricas y culturales que, en ocasiones, dejan fuera aportes significativos de ciertos grupos”, afirma. Y añade que la selección de nombres “constituye una forma de reconocimiento simbólico. Al elegir determinados referentes, se amplía o restringe la diversidad de figuras que la comunidad puede identificar como parte de su memoria colectiva”.

Esa diversidad no es un detalle ornamental. Tiene consecuencias en la experiencia urbana. “Los nombres de calles pueden generar vínculos emocionales y de pertenencia. Cuando un habitante reconoce en el espacio público un referente cercano a su historia o identidad, se fortalece el sentido de arraigo”, sostiene Ibarra.

En un país donde la desigualdad de género es estructural y donde la planificación urbana ha reproducido históricamente discriminaciones , el debate sobre el nombre de las calles adquiere incluso una dimensión política. 

“El espacio urbano reproduce las estructuras históricas de exclusión que han marcado la participación de las mujeres en la esfera pública”, advierte Moyano. “Cuando la presencia femenina es tan minoritaria, la ciudad reproduce una memoria incompleta, donde la mitad de la población queda simbólicamente fuera del relato colectivo”, concluye.

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