¿Tú mamá, papá, tía, tío o abuelos, han tenido problemas por no saber pedir un Uber a través de un celular? ¿o al inicializar un Smart TV? ¿o con las aplicaciones bancarias?
En un mundo cada vez más digitalizado, y menos análogo, si las personas no van de la mano con el avance de la tecnología, orientada a la vida doméstica y trámites del día a día, comienzan inevitablemente a quedar atrás.
Y tanto es así que la Sexta Encuesta Nacional de Calidad de Vida y Vejez (que la PUC realizó en 2022) señaló que “el acceso a internet no garantiza la autonomía digital” de las personas. De hecho, los números del estudio indican que el porcentaje de personas mayores que realizan tareas digitales sin ayuda creció del 15% al 38%. Sin embargo, el 52% evalúa su desempeño en esas materias con notas que van del 1 al 3.
Por otro lado, la “Radiografía Digital Senior Tech” (desarrollada por Claro-VTR en 2024) muestra que el 70% de los consultados utilizó internet hace más de una década y que 7 de cada 10 adultos mayores es capaz de manejar herramientas básicas como procesadores de texto y de navegación. Pero aquí aparece un dato clave: el 69% dijo necesitar la ayuda de sus hijos o terceros para la utilización de esas aplicaciones (como WhatsApp o videollamadas).

Las cifras constatan la existencia de una brecha digital que sufren muchos adultos mayores que viven en nuestro país. Sobre el significado técnico de este concepto, Dante Castillo, sociólogo y académico de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago, expresa que “esto se puede definir como la desigualdad que existe entre las personas o comunidades que tienen acceso a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y aquellas que no lo tienen o que no saben ocuparlas de manera eficaz”.
El académico Usach explica que este tipo de brecha se puede desglosar en, al menos, tres aspectos: “el primero responde a la dificultad de acceso (por ausencia de tecnología, por tener teléfonos antiguos, por estar en una zona sin buena conexión a internet o por la ausencia de recursos monetarios para pagar ese tipo de servicio). El segundo responde a la falta de competencias digitales y, el tercero, por el uso que se les da a las TIC (por ejemplo, cuando internet se usa para redes sociales, para aprender o para teletrabajar)".
EL ORIGEN DE LA BRECHA DIGITAL
¿En qué minuto se produjo la distancia de los adultos mayores de Chile con la nueva tecnología? Antes de dar una respuesta, Dante Castillo sostiene que es necesario explicitar que la brecha existente en nuestro país no se da por falta de conectividad (coincidiendo con los datos de la encuesta de la PUC) y manifiesta que esa realidad “está dada por la frecuencia de uso y por la poca autonomía”.
“Usan menos la tecnología porque la consideran incómoda o porque no le tienen confianza. Además, al momento de realizar trámites que se realizan de manera digital (como en los que se requiere la ClaveÚnica), un porcentaje importante de los adultos mayores solicita asistencia de terceros. Pero en general, la distancia se originó cuando las instituciones públicas y privadas decidieron privilegiar las comunicaciones y las gestiones a través de soportes digitales”.
¿CÓMO SE PUEDE DISMINUIR LA BRECHA?
Castillo expresa que esa responsabilidad “no es de un solo actor” y enfatiza que la literatura sobre políticas públicas “coincide en que se trata de un asunto compartido y multisectorial”. De esta manera, el especialista indica que “para que la inclusión sea real, deben interactuar de forma coordinada el Estado, las empresas privadas, las instituciones educativas y el entorno familiar de las personas mayores”.
Para el especialista, “es el Estado quien debe garantizar el acceso a la tecnología”, y subraya que la capacidad de poder usarla es, finalmente, una manera de ejercer ciudadanía. En ese sentido, sostiene que “si los servicios públicos digitalizan sus servicios (por ejemplo, el Registro Civil o Fonasa) es el Estado quien tiene la obligación de no dejar a nadie afuera”.
Por lo mismo, e independiente del Gobierno de turno, “son ellos quienes deberían financiar y diseñar programas masivos y permanentes de capacitación adaptados a la velocidad de aprendizaje de los adultos mayores. A su vez, son los responsables de exigir que las plataformas públicas que se utilicen para esto sean intuitivas, con tipografías grandes y con opciones de asistencia guiada”, dice.

(Foto: Hogar de Cristo).
En este mismo punto, el profesor Castillo critica la política de digitalización que están aplicando muchas empresas del sector privado por estar solamente pensadas en el usuario promedio (jóvenes, rápidos y tecnológicos) ignorando “el gigantesco mercado de la economía orientada al público mayor (y que se conoce bajo el nombre de economía plateada)”.
El sociólogo indica, además, que “las empresas de telecomunicaciones tienen la responsabilidad de ofrecer planes sociales accesibles y que incluyan las zonas de conectividad rural”.
Y en materia bancara, Castillo manifiesta que “dichos estamentos, sumandos al retail, cerraron muchas sucursales físicas y migraron sus operaciones a las aplicaciones móviles. Debido a eso, son ellos los responsables éticos y comerciales de educar a sus clientes adultos mayores para no marginarlos del comercio y los servicios que prestan para que, por ejemplo, no se vean expuestos a estafas digitales”.
El especialista pone una cuota de responsabilidad en las universidades, organizaciones sociales, fundaciones y municipios al señalar que estos organismos “son los encargados de ejecutar las soluciones en el territorio”. Los define como “actores claves para conocer la realidad local” y manifiesta que “tienen la capacidad pedagógica para enseñar sin frustrar”.
Junto con lo señalado, Castillo expresa que “la familia también es responsable a la hora de fomentar la autonomía digital de los adultos mayores”. “Esto requiere apoyo y paciencia y evitar los ‘asistencialismos’ ya que las buenas intenciones (por ejemplo, para la realización de un trámite a través de un celular) termina perpetuando la brecha. La responsabilidad del grupo familiar consiste en acompañar el aprendizaje de los más adultos”.
Pese a lo anterior, el académico de la Universidad de Santiago manifiesta “la existencia de una nueva generación de adultos mayores que ya conoció la tecnología en el trabajo".
Castillo agrega que "además, el diseño de las aplicaciones telefónicas e informáticas son cada vez más intuitivas y está emergiendo una oferta educativa comunitaria hecha a medida de este público. Todo esto está logrando que la brecha vaya disminuyendo gradualmente. Sin embargo, en ese espacio de mejora, el caso chileno está directamente asociado al capital económico y cultural de los adultos mayores".
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