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“Si digo lo que pienso, me funan”: 65% de las mujeres ha callado una opinión por temor a ser malinterpretada

La encuesta “Convivir sin manual”, de la Universidad Diego Portales, muestra que el miedo a la exposición pública y a ser malinterpretado condiciona las conversaciones cotidianas. Teresa Pérez, académica de la Usach, advierte que las mujeres enfrentan descalificaciones personales cuando defienden sus posiciones.

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  • Diario Usach

  • Miércoles 28 de octubre de 2026 - 09:27

Pensar dos veces antes de hablar, dudar si una broma puede resultar ofensiva o preferir guardar silencio para evitar una “funa” son situaciones cada vez más presentes en la convivencia cotidiana de chilenos y chilenas. Así al menos lo confirmó la encuesta “Convivir sin manual: respeto, trato y regulación de la convivencia en Chile” de la Universidad Diego Portales, que muestra cómo el temor a ser malinterpretado o expuesto públicamente puede llevar a las personas a limitar sus opiniones.

Según el estudio 49% de las personas evitó decir algo durante el último año por miedo a ser expuesta o “funada”. A su vez, el 59% reconoce haber callado una opinión por temor a que los demás la interpretaran de manera equivocada.

La incertidumbre también se expresa en situaciones aparentemente sencillas: el 63% de las personas declara que, durante los últimos 12 meses, no supo si una broma o un comentario podía resultar ofensivo. Asimismo, el 51% tuvo dudas sobre si correspondía saludar con un beso, dar la mano o evitar el contacto físico.

“Hay personas que dirigen su conducta en función efectivamente de detenerse a pensar que aquello que digan puede tener un impacto negativo, puede herir a otro y por eso mejor se detiene”, comentó Teresa Pérez, socióloga de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago de Chile.

La académica planteó que esta disposición puede ser positiva cuando implica revisar conductas y expresiones que se han naturalizado, considerando cómo pueden afectar a otras personas. Según la experta, se trata de una forma incipiente de "pensamiento crítico".

“Cuestionar aquello que se da por sentado y reconocer que las propias palabras pueden tener consecuencias para los demás”, afirmó.

Según la profesional detenerse antes de hablar no necesariamente constituye una limitación. Puede ser una oportunidad para desarrollar la empatía y comprender la importancia del cuidado mutuo. Sin embargo, la interpretación cambia cuando el silencio no surge de una decisión consciente de evitar un daño, sino del temor a las consecuencias personales de expresar una opinión.

“Pensar en que mis palabras pueden tener un impacto muy negativo hacia mí o incluso una funa, eso más bien es una autocensura que en algunas dimensiones puede ser muy negativa”, advirtió.

LAS MUJERES CALLAN MÁS

Los resultados de la encuesta muestran que esta preocupación no se distribuye de manera uniforme. Entre las personas menores de 30 años, el 73% ha dudado sobre si una broma o comentario podía resultar ofensivo, mientras que el 56% ha evitado decir algo por temor a una funa. En tanto, el miedo a ser expuesto es mayor entre quienes pertenecen al grupo de menores ingresos: alcanza el 56%, frente al 41% del grupo de mayores ingresos.

Uno de los resultados más significativos del estudio es la diferencia entre mujeres y hombres respecto de la decisión de guardar silencio. Mientras el 65% de las mujeres declara haber callado una opinión durante el último año por temor a ser malinterpretada, entre los hombres la cifra llega al 53%.

Para Teresa Pérez, esta brecha no debe explicarse a partir de una supuesta sensibilidad natural de las mujeres, sino de las formas en que han sido socializadas y de las expectativas que todavía pesan sobre su comportamiento.

“A las mujeres se nos socializa de partida para ser más empáticas, para ser cuidadoras y en esto incluye el lenguaje, los tonos, toda la emisión del mensaje, que puede traducirse en una limitación cuando se privilegia el cuidado y no se tienen las herramientas para emitir mensajes de manera asertiva”, comentó.

Desde esta perspectiva, el desafío no consiste en abandonar la preocupación por los demás, sino en contar con herramientas para expresar desacuerdos, establecer límites y defender derechos sin que el cuidado se transforme en una renuncia a la propia voz.

Teresa Pérez advirtió que cuando una mujer expresa una posición con firmeza puede ser calificada de “loca”, “histérica” o “agresiva”. Estas descalificaciones desplazan la discusión desde el contenido de sus argumentos hacia su personalidad o su condición de mujer.

“Cuando una mujer emite este tipo de mensajes, la respuesta no pasa por el mensaje en sí, por el argumento que está dando, sino se va al ataque personal. Entonces el riesgo es más alto porque no es un riesgo de entrar en un debate, sino es un riesgo de descalificación personal, generalmente además en términos corporales, del ser mujer, del cómo ser mujer y entonces el costo es mucho más alto”, afirmó la experta.

 

 

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