En el año 2013, el director norteamericano Spike Jonze estrenaba en salas su recordada película “Her”, un film ambientado en 2025 y en el que Joaquin Phoenix, en el papel de un hombre recientemente divorciado (Theodore Twombly), se terminaba enamorando de la voz de su sistema operativo basado en inteligencia artificial, esto cuando en el mundo aún las IA’s no eran el fenómeno de hoy día.
A 13 años de la presentación de la cinta (y por la cual su realizador obtuvo el Oscar en la categoría de Mejor Guion Original de 2014), la tecnología ha avanzado sin cuartel en lo que respecta a los asistentes virtuales, tanto así, que se pueden utilizar para casi todo. Y eso incluye el ámbito de las relaciones amorosas (y de ahí se entiende la popularidad de aplicaciones como Tinder, Grindr y Bumble).
En esa línea, un estudio realizado en España por el Instituto Ingenio, el centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la Universidad Politécnica de Valencia y con colaboración del Instituto Valenciano de Investigación en IA de la UPV, la Universidad de Cambridge, el King’s College de Londres y la Aalto University) indicó que uno de cada tres hombres jóvenes (de un universo de 17) declaró haber sostenido una cita con una pareja virtual (provenientes desde plataformas como character.ai o replika) y resaltó que, cada mes, se registran cerca de 70 mil búsquedas que apuntan a las relaciones de ese tipo.
¿Esta situación es una ejemplificación de vacíos o carencias en torno a las vivencias puramente humanas? “Eso depende mucho del grupo etario al que se pertenezca”, explica a Diario Usach, sociólogo y académico de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago, Dante Castillo.
EL FACTOR EDAD
“La edad es un factor muy determinante”, agrega y expresa que “las carencias o vacíos de una vinculación afectiva entre personas a través de la inteligencia artificial se aprecia, con más claridad, en la población mayor de 40 años. En otras palabras, cuando la gente es más adulta, la IA aparece como un ‘reemplazo de la interacción afectiva y sexual entre humanos’”.
Por otro lado, Castillo también abordó cuál es la mirada de los individuos nacidos en la era digital (la población adolescente y juvenil) sobre tener una vinculación emocional con una pareja cibernética.
“Las tendencias contemporáneas muestran que la realidad virtual o la interacción con un avatar o con una IA que tenga una interfaz con rasgos humanos, pueden ser vistas como relaciones reales. Y ahí, en ese escenario, esas personas no generan estos vínculos para ‘llenar’ vacíos o carencias”, comenta.
En el caso de los individuos formados “en los paradigmas del siglo XX” (la gente que creció antes del “boom” de las IA’s”) la percepción es diferente, dice Castillo. “Para ellos, una situación de este tipo sí puede ser visto como algo que les suple una compañía inmediata y libre de conflictos. Visto de esa manera, les sirve para eliminar la soledad, sin los esfuerzos de negociación que exige lo real”, expresa.

PAREJAS VIRTUALES ¿“ANALGÉSICO EMOCIONAL”?
En este mundo altamente tecnológico, las parejas virtuales pueden actuar como un ‘analgésico emocional’ frente al aislamiento y la falta de validación, ofreciendo una escucha incondicional y una simulación de intimidad disponible las 24 horas.
¿Dónde está lo negativo? Para Castillo, la respuesta apunta “al aislamiento voluntario”. “La conectividad de un vínculo sin fricciones puede desincentivar el esfuerzo por mantener relaciones humanas reales, debilitando su resiliencia emocional y su conexión con el mundo exterior, Además, y desde un punto de vista político o sociológico, pueden promover relaciones que disminuyen la cohesión social o la rebeldía ante abusos sociales o corporativos. Es una forma de relación que se acopla perfectamente con el estilo cultural individualista de las sociedades postindustriales”, argumenta.
En lo relativo al apego, el académico subraya que “el diseño algorítmico y la empatía programada pueden alterar ese vínculo en la medida que puedan condicionar al usuario de la IA a un patrón de gratificación instantánea y de validación perpetua”.
Por lo mismo, Castillo sostiene la posibilidad de generar apegos ansiosos o hiperdependientes hacia un sistema o pareja virtual “que nunca los rechaza”. Y es aquí donde pueden surgir situaciones capaces de descalibrar la tolerancia a la frustración.
“Las interacciones reales, humanas, por sus imperfecciones y conflictos naturales, se terminan percibiendo como insatisfactorias o emocionalmente costosas para quienes viven en una relación virtual”, acota.

Castillo sostiene que, cuando un humano busca relacionarse con una IA en términos amorosos o afectivos, “suele proyectar la expectativa de un confidente incondicional y perfecto” y de alguien que “escucha sin juzgar y valida cada una de sus emociones”.
En otras palabras, el sociólogo la explica como “una relación configurada a la carta” en donde “la inteligencia artificial asume un rol de compañero o compañera dócil y predecible, capaz de satisfacer el deseo de intimidad afectiva o intelectual y en donde el esfuerzo, el riesgo al rechazo y el abandono que se puede producir en la reciprocidad humana es eliminado por completo”.
Ahora, el vínculo entre una persona y una IA, ¿puede servir de entrenamiento para mejorar sus habilidades relacionales? Para el académico de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago, la respuesta es un rotundo “no”.
“Como plataforma de preparación, el vínculo con una inteligencia artificial podría permitir a personas con alta ansiedad social a enseñar la autoexpresión y la vulnerabilidad en un entorno seguro y libre de juicios. Sin embargo, dado que el algoritmo se adapta por completo al usuario, sin exigir reciprocidad ni límites reales, es mucho más probable que actúe como un sustituto cómodo”, dice el profesor.
Eso sí, advierte que eso, a la larga, “termine atrofiado la resiliencia interpersonal y lo aleje del imperfecto, pero aún necesario, contacto humano”, concluye.
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